Habíamos compartido algunas salidas con diferentes actividades, pero con la premisa de que lo que sea, sea una “full experience”.
Lo próximo tenía que ser algo disruptivo, inesperado y sorpresivo. Quizás el destino lo quiso o tal vez la suerte estuvo un poco de mi lado cuando recibo una noticia de una velada de tango en el mesón español.
¿Por qué no? Pensé rápidamente, y salió el mensaje inicial, “estas para un espectáculo de tango”. La respuesta no se hizo esperar mucho, por supuesto y afirmativa y con algún agregado más respecto de la compañía lo cual halaga mucho.
Hecha la gestión, la cita estaba marcada. Llego el día y espontáneamente ella me dice “paso por vos” lo cual a la vez de sentirme importante me sentí elogiado por su actitud.
Llego y al abrir la puerta de su auto, una vez más me sorprendió su look, su prestancia y esa sonrisa que ilumina todo el lugar cuando la dirige hacia mí. Solo atiné a un básico “estas divina” lo cual resumía todas las cosas que pensé en poquitos segundos.
La velada de tango fue simplemente hermosa, unos músicos muy destacados sumado a una complicidad de miradas y algún beso disimulado pero muy apasionado condimentaron la noche. Abrazo tierno para disfrutar del show, comentarios sobre algunos tangos conocidos y una charla distendida, pero con toda la admiración, con el maestro Cobelli.
A la salida estaba planteada una cena, y la decisión fue realmente memorable. “Sabes que tengo ganas de unos panchos de La Pasiva” y ahí en un segundo me derretí. Pensé, no solo es divina, sino que se maneja de una forma completamente desprejuiciada y con una frescura que cautiva.
La cena, que servía de preámbulo a una hermosa noche de pasión, sirvió para planificar la próxima salida. “Porque no hacemos un road experience” se planteó y las cabezas de ambos volaron rápidamente y comenzó todo el armado de lo que sería algo único que será motivo de un nuevo relato.
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